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La escritura y la causa

     Voy a hablar del trabajo que hicieron Susana y Marilú. Y voy a prescindir de toda objetividad con ellas y su escritura. La objetividad, se sabe, es siempre engañosa. Se escribe, siempre, desde algún lugar. Y el lugar de la escritura al que aludo aquí, ahora, es el de las víctimas. No es que no me importe una cierta ecuanimidad para juzgar este libro, sino que el mismo exige una toma de partido y la elección no puede ser ni inocente ni gratuita. No hay, no puede haber distracción para quien lea estos testimonios.

     Tal vez convenga advertir que este trabajo, durante más de un año y medio, pasó de una editorial a otra. Todas las editoriales que hoy rigen con sus intereses el "mercado", es decir, las librerías y la manipulación del gusto, mostraron un interés tibio por Mujeres.... Apelando a las razones gananciales de un libro durísimo, de venta difícil, las editoriales encubrían con evasivas la conflictividad de su contenido. Ahora que tomó forma por fin, se comprenderá su grado potencial de cuestionamiento. También se podrá entender la urgencia de las escritoras por publicarlo. No es la ansiedad autoral de sus responsanbles lo que decidió, finalmente, su urgencia, sino su reclamo imperativo de justicia. Al leerlo de este modo, se podrá entroncar aquello que, en términos de conflictividad social, va de lo público a lo privado, de lo general a lo particular, y al revés. Me refiero a los condicionantes sociales y a las víctimas. Conviene subrayarlo: la violencia que contiene, habitualmente protegida desde lo institucional y lo político, no es otra que la violencia de la sociedad que lo produce. Esto es el producto de dos escritoras que depusieron los afanes de un parnaso futuro en función de una necesidad impostergable de justicia en el presente. A ver si lo explico mejor: este es un libro desgarrador que ha producido un sistema. Es el trabajo de dos escritoras, sí, pero también el de un coro de víctimas en el que, cada una como solista, expresa su propio drama y el de todas.

La historia de Mujeres Maltratadas. Diecinueve crónicas puede ser contada así. Hace unos años Susana y Marilú me pidieron hacer taller literario. Ellas vivían y viven en Mar del Plata y yo en Villa Gesell, a noventa kilómetros de ruta a lo largo de la costa atlántica. Los sábados por la mañana nos reuníamos para discutir sus ficciones, los problemas del oficio de narrar y sus hallazgos. Fue en una de esas mañanas grises y polares, en un invierno de sudestadas, en que surgió la idea de poner el talento al servicio de una causa. Los medios informaban que Mar del Plata era el territorio de una serie de crímenes de prostitutas en los que se entreveraban los intereses más sórdidos. A las dos escritoras les importó averiguar en qué medida un tipo de crimen sintomatizaba el malestar de una sociedad. Mar del Plata es, de hecho, la ciudad que alcanza el mayor índice de desocupación de Argentina. La estridencia de estos crímenes, crímenes contra mujeres, en una sociedad marcada por el desempleo, considerando que el trabajo suele ser una prerrogativa masculina, pensaron Marilú y Susana, sugería algo más. Estos datos, elementos que cuestionaban el día a día, detonaron en ellas la preocupación por indagar el contexto en que producían sus ficciones, pero ahora, en una dirección complementaria de la ficción, apuntando, con todos los riesgos los existenciales y los literarios hacia la realidad misma. Es decir, con las herramientas y los mecanismos de la narrativa, se internaron en una búsqueda que, pronto lo comprobarían, no las iba a parar después igual ni ante el arte ni ante la vida.

     Conectadas con organizaciones e instituciones concentradas en el maltrato, y, las más de las veces, también de modo personal, se dispusieron a investigar. Todas las semanas, después de meterse en reparticiones públicas, de establecer contactos personales, ponían el cuerpo entrevistando a las víctimas luego de superar infinidad de obstáculos, desde el autoritarismo hasta el prejuicio, desde la censura hasta la complicidad, las dos escritoras, grabando si era posible, tomando apuntes si no lo era, pasaban en limpio lo que cada mujer víctima tenía para contar. Después, en las mañanas de sábado, una tras otra, Susana y Marilú se subían a un colectivo en Mar del Plata y viajaban, durante más de dos horas, hacia Villa Gesell para discutir un testimonio tras otro. Hasta acá yo pensaba que esta era una tarea literaria. En la medida en que avanzaban en su investigación, testimonio tras testimonio, el estilo de las escritoras se volvía más directo y, con una economía de recursos notable, sabían captar los instantes más sufrientes y reveladores de cada caso. Violaciones, golpes, chantages, amenazas, muerte. En muchas páginas podía oírse el grito y el llanto de las víctimas. ¿Literatura? Lo era, en un aspecto. Quizá en el más auténtico. Pero la injusticia y el dolor que traducían y traducen los casos que articulaban, volvían banal toda presunción de arte literario. Pero, ¿era tan así? Porque lo literario acá se subordinaba a una intención social. Tal vez era, es y seguirá siendo este uno de los méritos del arte narrativo: contribuir a la construcción de un mundo mejor. Las páginas que leíamos con Susana y Marilú espeluznaban. Sus relatos evidenciaban que cuando alguien cree haber tocado fondo, hay quizá un fondo más subterráneo al que no se descendió todavía. Susana y Marilú entrevistaban tanto a una mujer maltratada de nivel social bajísimo como a una mujer de clase alta. En invierno, enfrentando rigores, posponían sus rutinas profesionales y familiares, encontraban el tiempo necesario para adentrarse tanto en el barro de una villa miseria para compartir un mate con una mujer golpeada como con otra, no muy lejos, de clase más acomodada, en un barrio elegante, y escuchar, siempre escuchar -es decir leer, lo primero que sabe hacer un escritor-, ahí donde dominaban la represión y el silencio. Madres, esposas, hijas: víctimas. Siempre víctimas. No pocas veces las víctimas cedían ante una intimidación que las acorralaba y volvían a cerrarse frente a la charla. No pocas veces, aún cuando no hubiera un peligro concreto acechaba en ellas un miedo que habían incorporado en sus mínimos gestos de lo cotidiano. Después de la persistencia solidaria de las escritoras, cuando las víctimas empezaban a confiar, venía la experiencia liberadora de la palabra. Y esta era siempre una palabra lastimada. En torno, una sociedad colaboracionista y sorda. Las entrevistas de Susana y Marilú con estas mujeres heridas, llevadas al papel, resultaban escalofriantes. Ustedes, como yo, van a experimentar en estas páginas un descenso al infierno. Prepárense: ese infierno está al alcance de todos. En esa ventana encendida en la noche, en la otra cuadra, del otro lado de la pared. Mucho más cerca de lo que se imagina. Enterarse de cómo funciona este infierno destierra toda ilusión ficcional. En esos sábados, como para sobreponernos al horror, revisábamos la neutralización del yo a que aspiraba Flaubert en su literatura, esa neutralización que aplicaría más tarde Truman Capote y, algo antes, más acá, Rodolfo Walsh. Se me ocurre ahora que sus lecciones de composición y ética respiran en el ejercicio impasible de esta escritura y su intención. Pero, me acuerdo, y no podré olvidarlo, esos sábados, después de leer uno de estos testimonios, qué difícil se volvía pensar sólo en términos de literatura.

     Porque si algo les inquietaba a Susana y Marilú era que la traducción del testimonio oral contara con una transparencia narrativa que, prescindiendo de retorizaciones, siendo fiel a la víctima, operase como documento. El punto de vista, la temporalidad de los hechos, tanto como una coma, un artículo, un pronombre, un adjetivo podían transformar de modo esencial el relato. En consecuencia, el trabajo de estas dos escritoras fue, además de un lacerante tour de force literario, un material omprescindible para comprender nuestra historia, la de hombres y mujeres, sumidos en la humillación, víctimas de una violencia que, en la intimidad, expresa las contradicciones feroces de un orden social de sometimiento. No fue poco el trabajo: dotar al dolor de una forma y, a la forma, ponerla al servicio de una causa.

     Pero ¿acaso la escritura puede ser otra cosa que trabajo? Y, tensando la hipótesis: ¿acaso el trabajo no se valida sino a través de un sentido? Si se coincide en estas preguntas, entonces cabe otra: ¿la violencia no forma parte de la escritura si se piensa a esta como reparación?

Guillermo Saccomanno
Villa Gesell, noviembre de 2003


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