Nos dice María Elisa llorando:
"Yo no sé por qué lo extraño. Me cagó la vida y lo extraño. Debo estar muy loca".
Reflexiona Adriana en su testimonio:
"Empecé a sentirme responsable de sus enojos, de su violencia, y a pensar qué podría hacer yo para que él cambiara".
Cuenta Victoria:
"Para mi familia el hecho de que él me maltratara no era llamativo. Resaltaban que me quería y que me era fiel. Tal vez si hubiera tenido otro consejo, otra hubiera sido mi forma de actuar".
En la comisaría le piden a Edith que fue a hacer la denuncia, que muestre las marcas de los golpes. Expone moretones en brazos y piernas. Recibe como respuesta:
"Eso no es nada, algún empujón. Pero es tu marido ¿no?"
Todos hemos sido y somos partícipes de esta actitud indiferente y negadora hacia la violencia. Desde nuestra incomprensión o nuestra condena a las víctimas; desde nuestra burla o desde nuestro juicio; desde la broma malintencionada o el festejo desaprensivo; desde el gesto de sospecha o la risa fácil; desde lo que no hemos enfatizado sobre el más elemental de los derechos: el respeto al otro como ser humano.
Este libro es el resultado de un año de acercamientos intensos a mujeres víctimas de la violencia de género. De dolor ajeno que se convertía en propio, de responsabilidad exigente frente a nosotras mismas, frente a ellas y sus hijos, a quienes habían confiado en nosotras, a quienes acompañaron el trabajo.
Recogimos historias desde los papeles y desde las voces, de ellas mismas en la mayoría de los relatos, y en otros de sus amigos y familiares. También varios psicólogos nos aportaron historias de pacientes víctimas de violencia, sin romper el secreto profesional, actitud doblemente generosa porque debieron modificar nombres y datos sin tergiversar lo real, para desdibujar identidades. Todas ellas fueron volcadas en este libro, arrasando con el silencio cómplice.
Como quien se acerca hoy al conocimiento de la desaparición y la tortura, sepamos como sociedad que en muchos hogares, tal vez muy próximos al nuestro, se esconde el fantasma silenciado del maltrato a mujeres de cualquier edad y escala sociocultural. Y que allí, todos tenemos algo que hacer, que entender, que desarticular de una manera u otra.
Esta obra es nuestro aporte: queremos cruzar ese silencio. Queremos hacer saber.
Deseamos que el lector reflexione acerca de cuáles son los contextos explicativos de la violencia, pensando que ella no obedece a una línea única de causalidad. Son, más bien, redes interactivas, entramados de culpas autoatribuidas, con el mandato del sostén a ultranza de la institución familiar y con la violencia de los organismos que ignoran, desamparan, degradan, favoreciendo la preeminencia del victimario sobre la víctima.
Así como no hay un camino único de entrada, tampoco hay una sola recta de salida. Podemos ver a través de los testimonios que cada mujer intentó una solución diferente según las posibilidades y circunstancias personales y del entorno. A veces la permanencia fue el único recurso; tan devastadas en su identidad, sólo saben ser aquello en que fueron convertidas: víctimas.
No analizamos las motivaciones personales de víctimas y victimarios, que sin duda las hay, porque nada justifica la violencia.
Dice Érika, refiriéndose a algunas instituciones policiales y/o judiciales:
"Para ellos, si no vas con un ojo colgando, no es violencia. ¿Y la violencia verbal? Las amenazas, los insultos, los tonos de voz ¿quién te los registra? ¿Quién registra el miedo que puede causar una mirada?"
Es nuestro objetivo hacer un pasaje de esta relación binaria víctima-victimario a una relación tercerizada con la inclusión del lector, que facilite una nueva génesis: la identificación con ciertos aspectos del relato o de sus protagonistas puede llegar a permitir la detección de problemáticas propias y descubrir que algo se puede hacer. Que no todo es repetición irresoluble. Esta inclusión, lejos de ser un simple fisgoneo en el sufrimiento ajeno, es un compromiso a pensar y descubrir las responsabilidades ideológicas y los sistemas facilitadores.
La violencia silenciada funciona de un modo circular en el que la víctima calla lo que sufre, la familia calla lo que sabe, la sociedad calla lo que la incomoda. Al mismo tiempo que la sociedad silencia a la familia y a la víctima en una ilusión infantil o en un propósito perverso, de que aquello de lo que no se habla, no existe.
Pretendemos con este libro demostrar también que la violencia es un proceso. "El concepto de proceso implica la necesidad de analizar sus distintos momentos, de tener una comprensión más dinámica del problema y abrir otras posibilidades, entre ellas la de intervenir simultánea o sucesivamente en sus diversas etapas".
La puesta en palabras de cada testimonio permitió a las víctimas historizar, en el sentido de organizar el recuerdo, aquello que se acopió como violencia fragmentada.
Nos comenta una voluntaria del C.A.M.M.:
"Después de que la primera tuvo la entrevista con Ustedes, todas querían ir. Sentían que más allá de intentar solucionar lo personal en el grupo de ayuda mutua, se convertían en militantes de una causa".
Dieciocho mujeres. Dieciocho mujeres y sus historias que el tiempo y la convivencia fueron convirtiendo en días de desilusión, de miedo, y a veces de muerte.
Cada una fue una experiencia única y singular. Cada mujer lo fue. Desechamos la palabra "caso" en todo el trabajo entendiendo que su frialdad y anonimia no condecía con el clima que se vivió. La escritura posterior se hizo posible por la corriente de afecto y comprensión mutua que se estableció.
Los encuentros se realizaron en sus casas o las nuestras, según prefiriesen. Frente al café o el mate. Con el tiempo que ellas necesitaran o tuvieran. Cada conversación fue grabada con su consentimiento, y al desgrabarla encontramos detalles reveladores, que daban giros inesperados a la comprensión e interpretación del relato: algo dicho como al pasar, un silencio más prolongado, una voz que se quebraba, una risa nerviosa, un sollozo, el sonido de un encendedor o de una cucharita girando en una taza de café, daban cuenta de la búsqueda de alguna palabra o la llegada a nudos ocultos. Hacia el momento final, alguna broma, una risa cómplice sobre cualquier comentario accidental que aflojaría tensiones y precedería al inevitable abrazo de la despedida.
Una esperanza flotó repetida en todas las entrevistas: "Ojalá que a alguien le sirva".
Todos conocemos el enunciado, violencia doméstica, maltrato a mujeres. Muchas veces veces a través de la noticia policial, el desenlace. Pero el recelo de las propias víctimas no permite saber del angustiante intermedio que articula principio y final, y que es precisamente el que da cuenta de la instalación paulatina del sometimiento.